El comedor de San Expedito

22.05.2017

No tenía aspecto de comedor, menos aún de restaurant, y sin embargo pregunté qué se podía comer. Quien me respondió no se parecía a mozo o mesero que yo haya conocido pero me respondió como tal al decirme:

-A esta hora sólo nos queda guiso de cordero de ayer y patay recién hecho.

Patay no sabía qué era a pesar de que me lo habían nombrado alguna vez, pero guiso de cordero me pareció pesado para esa hora, aunque tampoco sabía qué hora era. Pedí patay y una taza de cualquier infusión.

El que oficiaba de mozo me miró como si no comprendiera qué quería decir yo, pero con ese conocimiento pragmático de los acostumbrados a tratar con todo tipo de rarezas, me respondió:

-Le traigo un mate cocido con patay. Todo recién hecho por doña Rosalba.

No quise siquiera descifrar o imaginar quién era doña Rosalba. Sentía que todo el cuerpo me dolía y no sabía por qué; tenía toda la ropa sucia y no sabía por qué; estaba en un lugar desconocido y no sabía por qué. Tampoco tenía ganas de averiguarlo. Sólo tenía hambre y esperaba con ansias el mate cocido con patay.

-Aquí tiene -dijo el que yo había bautizaba como mozo y no me interesaba si era o no. Me dejó una taza grande como una sopera y un plato con tres pancitos chatos y se fue.

El mate cocido humeante olía a placer, a brebaje levanta muertos. Los panes calentitos exhalaban el aroma de alguna flor que yo conocía, pero que tampoco me molesté en recordar. Devoré todo, pero con tranquilidad, como si el tiempo me sobrara o la comida mereciera las pausas propias de la degustación. De hecho las merecían: los pancitos necesitaban prolongada y perseverante masticación para deshacerse y el mate cocido había que beberlo de a pequeños traguitos porque quemaba la garganta a su paso. Nada me importaba. Yo estaba ahí para eso. Por algún motivo que me era desconocido tenía que hacer eso: calentar mi cuerpo con ese mate cocido y esos panes.

"Señora... Señora... ¿me escucha?", decía una voz desde muy lejos. Abrí los ojos, pero seguía sin entender. Era la voz de una mujer policía y yo estaba tendida de espaldas, entre unos matorrales.

Pasaron como dos horas hasta que me enteré que me había salido del camino con mi camioneta; que por no llevar el cinturón había salido despedida y había quedado ahí por muchas horas. Mi camioneta, después de varios tumbos, había terminado ruedas arriba en una hondonada que no se veía desde la ruta. Alguien se había detenido a la vera del camino y me había visto.

Después, mientras me trasladaban a la ciudad, pregunté quién me había dado el mate cocido y el patay y me respondieron que es normal que uno desvaríe en ese estado de semi-inconsciencia posterior al accidente.

Un par de años después, pasaba en un colectivo por un lugar que atrajo mi mirada y a mi lado una voz me dijo:

-El paraje San Expedito. Aquí, además de rezarle al patrono de las causas imposibles, puede comer el mejor patay del Bermejo.

Sin buscarle ninguna explicación lógica, supe que allí era donde me habían salvado la vida con ese mate cocido caliente y aquellos pancitos de harina de algarroba, aunque allí nunca hubiera estado.